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Luto de Medianoche

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Luto de Medianoche

Mensaje por Invitado el Dom Mar 11, 2012 5:33 am

Luto de Medianoche



Abrí los ojos con la sensación de que al fin las cosas comenzaban a mejorar. Sentía que dejaría atrás mis interminables pesadillas y que por fin podría soñar en paz, descansando junto al hombre que amaba y que en esos momentos me abrazaba de forma protectora y cariñosa. Fue una agradable sensación de bienestar.

Sin embargo, incluso los sueños tienen que terminar para dar paso a una realidad peor a una pesadilla. Y aquello dolía en el alma, la mente y el corazón. A pesar de estar junto al hombre de mis sueños, a pesar de amarlo con todo mi ser, me daba cuenta de que aquello era más que imposible, de que en verdad, fuera de aquella ilusión adolescente nunca podríamos estar juntos, ni amarnos como yo quería. Él tenía a una persona a quien amar y que le amara, y yo no tenía nada. Sentía que esta vez, yo era la piedra en el camino que había que quitar.

No me había costado mucho darme cuenta de esto, bastó con sólo unas pocas palabras agrias que penetraran mi alma con fuerza. Para ser sincera, nunca me importó lo que la gente pensara de mí, que cada uno se metiera en su vida y yo siguiera feliz con la mía. Pero había cosas que no podía ignorar con tanta facilidad, eran palabras que pisoteaban mi orgullo y me volvían frágil a la vista de todos. Porque yo siempre había aparentado una coraza de fortaleza, de inmadurez adolescente mezclada con caprichos de niña, pero en realidad, era frágil y quebradiza, tenía muchas cosas que decir pero me las callaba para poder tener lo que se llama una “vida feliz y amena”.

Pero ahora me veía sin máscara frente a un público tan hostil como el de mi niñez, mi disfraz se había roto dejándome tan sólo a mí, sin escudo alguno, enfrentando la crueldad de palabras hirientes hechas por unos pocos. ¿Qué clase de sueño estaba viviendo ahora? ¿Uno cuyo final resultaba una pesadilla?

Tras despertar junto a él, tras sentir aquella enorme felicidad de sentir sus brazos rodearme y su cuerpo cálido –porque para mí era tan cálido como el sol aunque para otros fuera frío como el hielo– pegado al mío, rodearme como si me dijera “no te soltaré nunca”, tras ver su expresión de completa calma mientras dormía, pude ser consciente de que todo lo que hacía era un error.

A mí podían decirme muchas cosas sin que en apariencia me importaran, y las sobrellevaba siempre con la cabeza en alto. Podía soportar muchas cosas, y hacerme la fuerte aunque por dentro llorara como la niña pequeña que a final de cuentas nunca dejaría de ser. Pero lo que no podía aguantar era que la mayoría de aquellas palabras hirientes fueran referidas a él, usarle como escudo cuando yo era la culpable, cuando era yo quien quería protegerle a él.

A mi mente acudían, con un eco interminable, aquellas frases llenas de desprecio hacia nosotros, y más hacia él, que permitía que mi mente se llenara de ilusiones y esperanzas. Su propia familia le despreciaba ahora, y sólo yo tenía la culpa, porque claro, había decidido jugar a algo a lo que no me encontraba preparada todavía, y había terminado perdiendo el juego.

Hablaban de falta de moral y de orgullo. Hablaban de vergüenza, incluso a mí no querían hablarme porque para todos, yo ya no era nada. Y aquello me dolía, porque es normal que duelan los desprecios de tu propia familia. ¿Tan malo era amar con aquella pasión, con aquella fuerza? ¿Tan prohibido estaba que yo le amara? ¿Qué me dejara engañar y pensara que seríamos sólo nosotros por siempre? Al parecer, sí…
Y entonces volvía a recordar las palabras de mi medio hermano y todo me dolía más, porque la verdad que se ocultaba tras sus palabras llenas de desprecio y vergüenza era evidente. Por supuesto, todo terminaba recayendo en mis ojos. Aquel color verde intenso que por algunos siglos fueron únicos de un par de ojos, pero que ahora, yo también lo tenía, y me daba cuenta de que eran también mi mayor maldición.

Y mientras las horas y los días pasaban, las palabras de aquel chico me seguían a donde fuera. Me pregunté entonces, ¿en qué me había convertido en verdad? ¿En un simple juguete sustituto? ¿Acaso el hombre al que yo amaba, solamente me buscaba porque veía en mí a aquella otra persona? Lo creí posible, pero no probable. O tal vez volvía a engañarme, no lo sabía. Pero mi corazón confiaba en la sinceridad de sus palabras, y descarté entonces la posibilidad de ser sólo una suplente.

Pero entonces, ¿qué era aquella angustia que se anidaba en mi pecho? ¿El miedo a la realidad, al saber que nunca podría estar con él como yo lo deseaba? ¿El deseo casi enfermo de ser la única para él, de deshacerme de mi rival? No, no podía ser eso. Creo que más bien era el miedo a todos los demás, a lo externo.

En realidad, la angustia venía de la culpabilidad. Yo, que siempre quise una familia y saber cómo se sentía el calor, que quise dejar de estar sola y protegerlos y que me protegieran, yo misma, acababa de medio destruir una que se me ofrecía como regalo a mis plegarias silenciosas y llantos contra mi almohada. Sin darme cuenta, sin saber valorar lo que se me presentaba, lo aparté y lo destruí, creé odio y desprecio hacia mí y hacia él.

¿Por qué lo amaba tanto? ¿Por qué lo deseaba a cada instante? Supongo que por egoísmo, o por egocentrismo. Porque éramos iguales, tanto física como psicológicamente. Y a la vez, éramos dos polos opuestos. Al principio me hice a la idea, que amarle a él me haría amarme más a mí misma, que como éramos una copia el uno del otro, sería un juego retorcido divertido de jugar. Y con las que entonces creí las mejores intenciones, terminaron arruinando parte de mi alma, tiñendo de un frío negro mis alas de ángel caído y de rojo sangre mis lágrimas.

Me preguntaba a cada momento por qué todos nos juzgaban, qué veían de mal que yo le amara y que él me correspondiera. O que me intentara corresponder. Pensaba que haríamos la pareja perfecta, que seríamos dioses del presente y el futuro y que nunca nada nos separaría. Pero sentí que entre nosotros se formó un abismo que sólo yo podía ver. Empecé a apartarme, a alejarme porque tenía miedo de hacerle más daño, porque sentía que el desprecio de su familia le dolía tanto como a mí, pero que como yo, no lo aparentaba. Éramos demasiado iguales y a la vez demasiado diferentes, y era eso mismo lo que me hacía saber cómo se sentía. Fingía estar bien para mí, para no preocuparme, de la misma forma que yo hacía aunque sin tanto éxito, porque todo eso me rompía por dentro.

Empecé a tener sueños, como pocas veces los tenía. Normalmente vivía con constantes pesadillas, a veces mi vida pasada se me presentaba como una película muda en donde me podía ver a mí misma cayendo de los cielos, y sin embargo mis alas siempre fueron de inmaculado blanco. Nunca podía saber la razón de éste fenómeno, no podía explicarlo. Veía a todos los demás caídos con alas negras, con la marca del exilio, pero las mías siempre fueron blancas, incluso en esta vida en la cual nací con pecado y con él vivía. Pesadillas que más que malos sueños, eran reflejos de mis dudas y miedos.

Pero se acabaron, se trasformaron en sueños agradables de él y yo. Sueños en los cuales paseábamos de la mano sin miedo, sin ser juzgados por una sociedad que pese a todo lo vivido, seguía teniendo el mismo pensamiento conservador de antaño. También tenía sueños de los cuales despertaba llena de confusión, aunque con una sonrisa tonta por aquellas locas ocurrencias. Sueños en los que deseaba darle un hijo, otros en los que teníamos a un pequeño niño rubio sonriendo sobre mi regazo mientras él, mi amado, acariciaba sus rizos dorados con una sonrisa llena de orgullo, satisfacción y felicidad. Nuestro hijo era la criatura perfecta, el ser más poderoso y hermoso que podía existir y al cual todos admiraban.

Pero cuando despertaba, a veces incluso algo mareada del sólo hecho de imaginarme a un niño entre mis brazos, me daba cuenta de lo irreal y utópico que eran aquellos sueños. La realidad sería muy distinta, lo sabía porque ya la estaba viviendo. Me di cuenta de que jamás podría ofrecerle descendencia, porque quien viera a nuestro hijo lo rechazaría y lo acusaría de ser una aberración y la marca viva de nuestra vergüenza. Me daba cuenta con tristeza y angustia, de que el camino que soñaba estaba lleno de dolor y rechazo hacia nosotros, y lloraba entonces en silencio y resguardada en la soledad de mi cuarto al darme cuenta de que mientras más caminara por aquel sendero, más sufriría mi familia, mi amado y yo misma.

Al final, cada vez estaba más lejos de él, y mientras aquel abismo se incrementaba, mi angustia más me consumía. A veces lloraba por ningún motivo, empecé a vivir un luto constante ante la inevitable muerte de mis sueños y deseos que aunque retorcidos, eran sinceros. Terminé por volverme cada vez más yo misma frente a él, la verdadera Lutho que era callada y en apariencia un poco fría, la joven que no parecía tener vida más allá de los libros y del violín. Ni siquiera tenía los ánimos de siempre para la fotografía, y terminé dejando de lado todo lo que en su momento me causó felicidad. Me volví melancólica, muda y silenciosa, aislada de todos porque apenas alguien me veía, el desprecio se volcaba sobre mí como un balde de agua fría.

Los sueños cesaron, volvieron a ser pesadillas que me recordaban mis ilusiones rotas. Me despedía de ellas sin ser capaz de dejarlas ir del todo, porque tampoco quería dejarlo ir a él y me aferraba a su cuerpo con desesperación cada que lloraba, diciéndole falsos motivos: añoranza de mi padrastro, capricho, la menstruación… Lo primero que viniera a mi mente y que sirviera de excusa a mis llantos desesperados.

Y así cada día y noche, cada vez más lejos de todo intentando no dejar ir lo que debía irse. Era una sensación similar a la que viví cuando mi antigua amada, la primera y la irreemplazable, falleció por mis manos. Era el deseo de irme con ella y vivir mi vida con su recuerdo, eran las ganas de aferrarme a sus manos lo que me había alejado de la vida y la realidad en esos momentos. Ahora pasaba lo mismo, porque pese a que sabía que debía hacerlo, no quería soltar las manos de mi amante para dejar que regresara junto a su eterna pareja, la correcta. Esta vez, yo era la piedra en el camino que debía ser quitada, pero nadie quería quitarme salvo yo misma, y aún así, no podía.

El tiempo siguió pasando, hasta que un día, él me preguntó qué sucedía. Me extrañaba, por supuesto, porque me amaba. ¿Qué padre no ama a su hija? ¿Y qué amante no extraña a su pareja? Sin embargo, no pude decirle la verdad, y supongo que jamás lo haría. En esos momentos yo era tan yo, que apenas podía reconocerme, para él, había cambiado, pero en el fondo era simplemente yo misma, sin disfraces ni máscaras. Comprendió que no me conocía, que en realidad nadie nunca lo había hecho. Le hice comprenderlo, para que el dolor para ambos fuera menos. No era posible seguir así, no era posible que yo le amara con aquella fuerza cuando en realidad, sólo éramos padre e hija.

Yo no solía ser cruel, pero lo era. Y fui cruel, porque quise cortar eso de una vez, antes de que terminara por matarme. Fui todo lo cruel que se podía ser, porque el abismo ya era tan grande, tan profundo y tan frío, que nada podría volvernos a unir de esa forma soñada. Le dije que había conocido a otro, que me había enamorado de verdad. Le dije que él no era suficiente para mí, que nunca sería más que mi padre y que todo se acababa. Incluso fui capaz de decirle que no le amaba, que no podía amar a quien no se respetaba a sí mismo, cuando en verdad, siempre fui yo la que no supo respetarse.

Le hice daño porque no quería que se acercara, no quería que lo intentara porque conmigo no estaba la felicidad. Quería que recuperara a su familia, una que no era mía aunque él dijera que sí. Prefería verlo feliz junto a mi madre, que olvidara todo eso tan hermoso que vivimos por instantes utópicos, y consolarme con eso, con su sonrisa tranquila. Era momento de alejarme, de volver por donde había llegado y buscar un destino, o resignarme a no tenerlo. Podía elegir ser feliz junto a él pero verlo infeliz, o ser infeliz yo y verlo a él feliz, siendo parte de una familia que a pesar de todo, me rechazaba y se avergonzaba de mí.

Me marché bebiendo las lágrimas de sangre que salían de mis ojos. Me marché sin mirar atrás, porque no quería arrepentirme. Me marché extendiendo las alas, sintiendo su peso demasiado grande como para poder llevarlo.

Me marché para despertar de aquel sueño convertido en pesadilla, abrazada a su cuerpo cálido aunque para todos era tan frío como el hielo. Aquella pesadilla, se había convertido en mi luto de medianoche.


Lacrima Eterna


---------- O ----------

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Re: Luto de Medianoche

Mensaje por Invitado el Dom Mar 11, 2012 5:49 am

Amar lo prohibido, aquello que nos recuerdan que no debe ser y que tenemos que apartar. Amar lo que no se debe, es tan común y a la vez tan doloroso. Amar para nada, porque ese amor se convierte en cenizas y las cenizas jamás nos hacen fuertes.

Sabes bien Lutho, lo sabes, que yo seré ese que te rodee sin convertirte en cenizas. Seré yo quien te ame y te de la felicidad que te corresponde por derecho.


Richard de Valois
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Re: Luto de Medianoche

Mensaje por Invitado el Dom Mar 11, 2012 6:48 am

Lo sé, pero pese a saber muchas cosas tengo infinitas dudas y miedos... Pero a pesar de todo, me gustaría mucho que fueras aquel que esté todo el día presente en mi mente y junto al que despierte cada mañana de mi vida... Te quiero, Richard

Lutho L. Lioncourt du Lac
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Re: Luto de Medianoche

Mensaje por Invitado el Dom Mar 11, 2012 6:58 am

Sabes bien que el sentimiento es mútuo, el cual temo perder y a la vez deseo sentir hasta que muera.


Richard de Valois
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Re: Luto de Medianoche

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